jueves, 19 de febrero de 2009

Lienzo


Las cerdas se sumergen con esmero bajo la pintura de color negro. Tras su buceo rotativo dirigen su aspecto, en color negro, hacia el tapiz que se pretende dibujar.
Trazo tras trazo, aquel pañuelo en blanco sin sentido toma una dimensión de color negro, cada más profundo, cada vez más intenso, capaz de helar mis sentimientos y mi corazón.
Mi mano diestra como un caballero con su espada dirige todo su ímpetu hacia la paleta, y con súbito cuidado, tras la destreza violenta inicial, acaricia con suavidad la punta del pincel sobre el color blanco.
Ahora aquel negro incide en un gris suave, calmando así, la ira que acometía mi espejo durante el tramo inicial. En el resto del fondo del tapiz, ligeros matices blanquecinos alumbran la noche que está a punto de caer. Que sencillo es tener una estrella al alcance de las manos. La luna, que en principio no acontecía en esta noche, empieza a aparecer entre los destello de las estrellas, y con rugosas pinceladas entra en escena.
Sin cambiar de color, empleando el negro y el blanco, acompasando el momento con la hermosa tesitura del gris, las montañas nacen de la nada, y se erigen, siempre perfectas, pareciendo alcanzar, el cielo, la luna y las estrellas. Allá en el fondo, tan pequeñas que parecen crecer, tan grandes que solo los ojos de los pájaros puedan apreciar con toda su intensidad.
El azul presto en silencio oscuro, una segunda capa debajo del cielo, y en la paleta si miras fijamente algunos peces parecen nadar. Sobre mi mano, henchida por el paso de los años, coloco el color con maestría y sin miedo, dejando que brote como manantial en la montaña. Mi mano manchada acaricia al igual que una mujer el blanco restante, dejando así un rastro, no sino otro que las olas del mar y el reflejo de la luna en el agua.
Ya, bajo mis pies, el gris del cielo incide formando un nucleo rugoso y perfecto, rocas y acantilados desde donde poder saltar al vacio sin miedo a nada. Y entre los trazos finales, una sombra dibujada con un palillo con los brazos abiertos en cruz soñando únicamente con saltar, y de esa forma poder volar.
Unto la yema de mi dedo, en rojo y amarillo, formando la calidez de un tono anaranjado que confinara el lugar más precioso, allá donde únicamente el cielo y la tierra se besan, la inmensidad. Ese tono bravio entre la espesura y la niebla del oceano, ese tono cálido que anuncia la llegada del alba, ese tono inmenso y perfecto acucia los sentidos y mi propio ser.
El cuadro está pintado. Aunque el lienzo es mi propia vida.

Dedicada a Glömska ya que a través de un comentario surgió la idea.

5 comentarios:

mar dijo...

Si en un lienzo pudiera plasmar la vida lo haria de mil colores,la luna siempre la pintaria rodeada de estrellas para que no echara en falta el amor del sol.
El mar siempre en calma, solitario invitandome a soñar..
Y los sueños los pintaria cada uno en un frasco para no dejarlos escapar..
Un besito y una estrella.
Mar

hargos dijo...

nunca habia leido una narrativa sobre la pintura tan original , me ha gustado mucho , genial como siempre un salugo Amigo

Glömska dijo...

Miles de gracias por dedicarme este escrito tan bonito...realmente se pueden dibujar palabras y tu lo haces genialmente :)

Sandra dijo...

Hola! Tienes un regalito en mi blog. Un abrazo!

Teresa dijo...

Que la llegada del alba llene de luminosidad el lienzo de tu vida y vuelvas a mostrárnoslo, esta vez lleno de color, con las pinceladas de tus palabras, tan maravillosamente como ahora.